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"El Poder de la Imaginación"


Mientras más me adentro por los senderos de la palabra, más me convenzo de que la escritura es una búsqueda. También creo que escribir es hallar la esencia de cada existencia, con la intuición de que hay algo más entre los resquicios aún vírgenes de la mirada. Pienso que quizá hasta una piedra tiene ánima y que sólo es cuestión de detenerse a observarla con atención y escucharla. Todo a nuestro alrededor nos habla; cada rincón, cada objeto, cada ser tiene una historia que lo acompaña y el escritor es el encargado de descifrar el mensaje oculto, detrás de los muros invisibles y de los escudos translúcidos que intentan disimular la verdad.

A veces suelo encontrar en los azulejos, en las paredes, en las pompas de jabón, en las nubes, en las rocas, en las hojas... todo tipo de formas, incluso caras que me gesticulan alguna idea que, a lo mejor, luego se convierta en historia. Pero no es algo que suceda a menudo. Por lo general aquellas revelaciones de mi imaginación ocurren en momentos de distención y de libre fluir de mi conciencia, cuando le permito a mi mente entretenerse, abriéndole la puerta para que salga a jugar y a buscar estímulos que le permitan crear. Este tipo de hallazgos suelen darse también en mis viajes, en paseos que realizo a diario para despejarme de la rutina y en los instantes que me abstraigo de los pensamientos al pasado o al futuro para detenerme sólo a presenciar el aquí y ahora.


El descubrimiento esta vez se produjo mientras realizaba senderismo en el lugar más austral del mundo. El destino era La Laguna Esmeralda, un espejo de agua escondido entre montañas nevadas, cuyo color hace honor a su nombre. Un sitio poético y hasta casi surrealista, una dimensión más allá de la vorágine, una excelente guarida para meditar y agradecer las maravillas de la vida. Sin lugar a duda la extensa caminata valió la pena, no sólo por la laguna que nos aguardaba a su final sino por el camino que nos condujo hacia ella. Atravesamos turbales, arroyos y un bosque de lengas, con aromas verdes y ocres de la tierra húmeda que nos recibió con sorpresas, tanto a la ida como a la vuelta. Una de ellas fue “El Señor Musgolín”, un árbol guiñándole un ojo a nuestros pasos, una cara fluorescente abrazada a los pies de un tronco. Con mi compañero de aventura nos detuvimos ante el asombro de su aparición. Era imposible no esbozar una sonrisa frente al rostro picaresco de aquel personaje de nariz regordeta y de piel recubierta de musgos; teníamos que documentar aquel hallazgo mágico.


Al tiempo que recuerdo aquel encuentro, viene a mi mente un fragmento que leí del poeta Rainer Maria Rilke, en su libro “Cartas a un joven poeta”, que dice:


“Líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.”

Entonces decidí escribir sobre aquella experiencia y compartir con ustedes otro de mis tesoros metafóricos.

¡Permitámosle a la imaginación expresarse libremente, otorgándole el espacio que se merece... porque es allí cuando nace el arte!


Foto de: sensesinlens


¿Encuentras rostros en las cosas?


¡Hasta la próxima!

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